miércoles, 13 de mayo de 2009

Nostalgia

Para empezar, un cuento de lesbianas:

Plácido

0.    Cumpleaños de Dulcinea

Ya he podido leer el famoso cuento,  porque hoy he cumplido doce años. Mis madres me lo tenían prometido desde hace mucho, desde que empecé a hacer preguntas difíciles. Ahora mi madre preferida, Silvia,  me tendrá que explicar algunas cosas que no entiendo bien, sé que me lo explicará perfectamente, me fío de ella. Odio al imbécil que mató a mi padre biológico, más que por matarle porque no entendió a Plácido. En realidad, parece que no entendió nada, porque yo lo único que sé realmente es que los tres se querían y me querían a mí desde antes de que yo naciera. Para mí, el único defecto que tuvo mi padre fue ser amigo de ese maniático envidioso. Todo lo demás que he sabido de él, sus fotos, sus versos y sus historias me parece perfecto y encantador. ¡Cómo me hubiera gustado conocerle! Y lo único bueno que veo en el que escribió lo que sigue es que se mató. También me hubiera gustado conocerle,  pero sólo para decirle lo estúpido que demuestra ser por llamar gorda a mi madre Natalia y por lo de la ortografía.  El relato a mí me parece bastante cursi y retorcido, pero era el único secreto que tenían mis madres conmigo. Y hoy ya no hay secretos para mí. Esto es lo que ese maldito imbécil mandó por carta certificada a mis madres hace doce años, con matasellos de Gijón, el seis de octubre de 2008.

1. Nostalgia

A una edad en que lo más apropiado –desde mi punto de vista- es matricularse en  algún curso de baile de salón, practicar el pádel o incorporarse a dos o tres clubes  de cicloturismo, él había fundado una ONG absurda, una ONG etimológica llamada Nostalgia.

 

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Plácido, la verdad, no estaba nada bien de la cabeza, pero eso no importaba mucho cuando se observa cómo está el patio. Había sido un funcionario cumplidor, de corbata negra, casi siempre afeitado, cordial y alegre con sus compañeros de trabajo y atento con los ciudadanos cuando requerían sus servicios. Pero, por mucha jovialidad que aparentara, vivía en un mundo raro y lejano. A punto ya de cumplir sesenta años, con tres nietos de los que sólo la mayor se movía con cierta gracia, mantenía con Silvia-la mujer más inteligente que conozco, aunque con faltas de ortografía- una sociedad normalmente tranquila y respetuosa de individuos  mutuamente despegados. Plácido tenía la mirada, como dicen de los habitantes de Babia, muy lejos, lo que no le estorbaba para manifestar, a veces hasta con palmadas, un entusiasmo pueril por cualquier cosa que se agitase alegremente, fueran pajaritos, hurones, ardillas o personas humanas.  Se las daba de intelectual con cierto motivo, pues llevaba varios lustros dedicándose en sus generosos ratos libres de funcionario, al gaélico, al obispo Berckeley  y a  la historia de Bizancio. El albanés lo dejó cuando sus hijos le convencieron de que era un idioma sólo para espías. No eran aficiones que le acercaran demasiado a la realidad circundante, pero pensaba acerca de ellas, y yo estoy de acuerdo, que tampoco molestaban a nadie.

Fundó Nostalgia, creo yo, por aburrimiento, pero, según los estatutos, para enseñar la historia de las palabras y sus diversas connotaciones a inmigrantes, especialmente a chinos y rumanos, a los que, previamente a su admisión, se les hacía un diagnóstico psicosocial. Aparentemente lo tenía todo racionalmente organizado y confiaba en el éxito del invento porque, según decía, siempre hay clientes curiosos para organismos raros.  Ni él ni yo podíamos prever el cataclismo y los desajustes que le ocasionaría esta caprichosa fundación.

Nostalgia necesitaba un experto en puntos y comas, y en esa calidad me incorporé yo, que, con perdón, trabajé de corrector de estilo en una editorial de prestigio, aunque marginal. Ahora estoy jubilado, pero me educó Don Quiterio en San Fermín con el Miranda Podadera y este libro me convirtió en  un obseso enamorado de la ortografía. Mi vida no tenía otro objeto que la perfección ortográfica. Ni me casé (mis novias me solían escribir con faltas de ortografía y las abandonaba fulminantemente, entre ellas a Silvia*) ni tuve trato carnal alguno fuera de mi irresistible asistente cubano, perfecto en la corrección ortográfica y en la caligrafía. Plácido también era de San Fermín, por cierto…

Pero centrémonos en el asunto, que no es precisamente mi vida privada: Contra mis lógicas previsiones, el engendro etimológico tuvo bastante éxito, mayor que el vaticinado por el fundador; a los dos meses teníamos un local grande con teléfono  y tres habitaciones, y llegaban a las tertulias tantas personas raras que, a veces, ingresaban sin el perfil adecuado, por ejemplo, un disminuido psíquico catalán, un iraní transexual  y dos enormes camioneras argentinas. Algunos usuarios se movían muy alegremente, sobre todo los dominicanos, lo que entusiasmaba al fundador.

Pero la actividad etimológica fue haciendo caer a Plácido en la confusión; al principio por pérdida excesiva de energías y, más tarde, por complicaciones psicológicas: comenzó su declive abandonando los estudios de gaélico  y relegando a Berckeley, lo que, paradójicamente le fue alejando alarmantemente de la realidad circundante a la vez que se enfrascaba en ella. Se le

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veía soñador, a veces en estado de languidez; le dio por comenzar a transcribir en versos alejandrinos absurdos la historia de Bizancio –que nunca abandonó-, en fin, empezó a cambiar para peor, según mi modesto entender.  El hecho de que se pusiera pendientes y de que comenzara a lucir una coleta ridícula no tenía importancia, pero había otros signos, esos sí, bastante más alarmantes, a saber, su estrenada  y extremada manía por la música barroca (que es siempre igual, se escuche al autor que se escuche, salvando a Purcell)  y su decisión irrevocable de  no intervenir en conversaciones de grupo porque, según él, en ellas no se buscaba la verdad sino el lucimiento personal. Fue este prurito, contrario a los usos sociales más agradables, lo que me obligó a mantener con Plácido largas conversaciones a solas que terminaron por constituir para mí una primera necesidad y me unieron afectivamente a él hasta la adicción, aunque sin llegar nunca a comprenderle del todo ni a estar de acuerdo con sus ideas.

En septiembre del 2006  Plácido había dejado ya de ser funcionario y se dedicaba de lleno a Nostalgia y a la historia de Bizancio. Había cambiado radicalmente su atuendo y su presencia física, parecía renovado, más juvenil y suelto, y, paradójicamente, cada vez más atento a cualquier clase de novedad mientras se iba hundiendo en su brumosa y atractiva lejanía. Además de conmigo, mantenía conversaciones interminables con el único nativo de Camerún (casi siempre paseando) y, tomando cervezas, con una rumana rubia melómana llamada María. Estas conversaciones le habían hecho abandonar por completo la administración de la ONG, que llevaba exclusivamente yo con la ayuda intermitente del disminuido psíquico catalán.

 

2. Natalia

Ese mismo mes empezó el desbarajuste: Insistió en  asistir Natalia a nuestras reuniones, muy interesada en profundizar en determinadas palabras como urdimbre, mefistofélico, brisa, aventura y otras. No tenía el perfil adecuado, porque era  de Logroño, pero el diagnóstico detectó curiosidad intelectual, inteligencia emocional alta y sociabilidad exigua; la verdad fue que la aceptamos porque Plácido la quería como conversadora privada. Desde mi humilde punto de vista, Natalia no tenía nada de especial**, aunque era una mujer agradable y quizás algo más experta de lo que podía suponerse a sus veintisiete años: acababa de romper con su cuarto novio, que para ella había sido el absolutamente definitivo y tenía decidido que siempre iba ya a vivir sola, con hijos o sin ellos. Supe más tarde que este novio era un mal pintor de Cuenca y que se llamaba nada menos que Zósimo. Mi amigo Plácido no había detectado en ella nada de lo que él odiaba: ni era verborreica ni parecía posmoderna, ni se daba a la sonrisa tonta. Se movía sin represión muscular, casi de modo danzarín, a pesar de una notable obesidad lumbar, y su sentido práctico permitió afrontar pragmáticamente  ciertas anomalías financieras de  Nostalgia. Hasta ahí, bien; pero, poco a poco, y siempre en mi humilde opinión, la atención que Plácido dedicaba a esta jovencita se hizo desmesurada y, por tanto, peligrosa. Ya está dicho que mi amigo no pisaba suelo real desde que dejó de estudiar gaélico. Ahora el problema era mayor, pues abandonó incluso la música barroca (creo que fue el único aspecto positivo de esta crisis) y se dedicaba con absurda exageración a la copla castiza.  Un día le pregunté abiertamente por qué estaba tan absorbido por la nueva,  qué le pasaba. No dudó en contestarme que era justamente la chica que tantas veces había soñado encontrar desde que era joven y que, además, le recordaba muchísimo a un cuadro de la Virgen de los Dolores que tenía su madre en la habitación cuando él era niño e inocente. Me atreví a recordarle las edades de ambos, pero, con gran sorpresa mía me dijo: ¿Es que no sabes todavía que yo no piso suelo real? Me dejó desconcertado, pues no se me había pasado por la cabeza que él también fuera  plenamente consciente de su problema.

 

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La absoluta y absurda dedicación a la chica, a Natalia, le cambió bastante la vida: cuando le acompañaba a su casa por las noches le notaba nervioso, pendiente del móvil, ese artilugio que hasta hacía un mes odiaba (hay que advertir que, cuando su ex -jefe de negociado le quiso regalar uno en la última navidad, le dijo, con dulzura sí, pero con firmeza, que se lo metiera por el culo). Tarareaba sin cesar  o susurraba para sus adentros las letras sensibleras y reiterativas de sus coplas, y en definitiva, le creció como un cáncer incurable la ilusión, en su sentido etimológico (es decir, que se hizo mucho más ”iluso”).

 

Mis sentimientos en aquella época eran  confusos: tengo que reconocer que estaba celoso. Era normal, yo ya me sentía afectivamente muy unido a él y estaba bastante harto de que hubiera abandonado las conversaciones íntimas conmigo después de haber prescindido del  camerunés y de la rumana. Ortográficamente hablando, Natalia era irreprochable, pero, por esos celos,  comencé a verla como enemiga declarada. Me propuse  investigarla - tengo que confesar que con técnicas de dudosa honorabilidad- por ver si encontraba razones disuasorias que sirvieran a mi ex-amigo para abandonar su ilusión. Además de la historia de Zósimo, averigüé, por ejemplo, que se le morían todas las plantas interiores que le regalaban o compraba, lo que me pareció gravísimo; que no estaba tan sola como Plácido creía, pues compartía mesa y manteles con un grupo de tres cubanos de cuerpos arrebatadores (tuve el dolor de comprobar que uno de ellos era precisamente Iván, mi asistente cubano); que sus cuatro amigas más frecuentadas estaban, como si formaran parte de una secta esotérica,  en avanzado estado de gestación, que tenía al lado de la oreja izquierda un gran lunar de color violáceo (el fundador no se fijaba en esas cosas, no pisaba suelo real)  y, lo más definitivo para Plácido, que asistía a unas absurdas sesiones  de astrofísica los jueves en compañía de Silvia, su mujer y mi ex novia. Naturalmente, me apresuré a dosificarle a mi amigo inteligentemente estas deshonestas averiguaciones, y mis esfuerzos tuvieron cierto premio, pero rematadamente contrario al que yo hubiera deseado.

Me lo anunció, yo le intenté disuadir ridiculizándole, pero lo hizo: Una tarde de enero de 2007  le planteó brutal y –me imagino- torpemente a la chica que estaba enamorado de ella. No me reveló la respuesta, no hacía falta, porque Natalia no era precisamente una ilusa, como él, sino una persona pragmática. De la clase de vergüenza que debió pasar me puedo hacer una idea, conociéndole. No sé si para huir de la indignidad o del sarcasmo, pero sin encomendarse a nadie, al día siguiente desapareció de nuestro local y de su casa. Su mujer y sus hijos me dijeron que no me preocupase, que le tenían localizado con el móvil, y que aceptaban de buen grado su decisión de aislarse. Pasó un año entero en el que, al parecer, Plácido vivió como un ermitaño dedicado a componer en más de quince mil versos de mester de clerecía la historia de Bizancio. Yo también decidí desaparecer, al menos de Nostalgia; las decepciones sentimentales recientes, la ausencia de Iván, graves decepciones ortográficas  y el abandono de mi amigo me habían castigado y deprimido en exceso: fue un año nefasto para mí. La gestión y las reuniones de Nostalgia, que permaneció pujante, quedaron en manos del catalán y de María. De vez en cuando, aunque yo no quería saber nada, ellos me informaban de novedades. Me decían que Natalia seguía asistiendo a Nostalgia  una vez a la semana, día que siempre aprovechaba para acudir a visitar a Silvia.

 

3. Final feliz

El seis de octubre de 2008 me dieron una noticia que me conmocionó: Natalia estaba embarazada. No quise saber de quién, porque tenía la vehemente sospecha de que Iván me daba la puntilla definitiva.  Por  esa época ya le había despedido de mi casa sin miramientos,  ahora yo  vivía en absoluta soledad, enfrascado en el borrador de un nuevo libro de ortografía que las  academias de castellano estaban decididas a editar con novedades sutiles pero importantísimas y deprimentes. El diez de diciembre  me encontraba rigurosamente hundido porque la liberalidad de las academias en lo tocante a ortografía me habían destrozado mucho más que las aparentes traiciones de Iván, me sentía derrotado para siempre, y mi vida carecía de picores intelectuales, estaba dispuesto a acabar definitivamente con mi vida absurda y fracasada. Pero cuando ya  estaba decidido a protagonizar el primer suicidio ortográfico en la historia del mundo, recibí un mensaje de Plácido: “ven a verme a Gijón, calle tal y tal, inmediatamente” y otro mensaje, a la media hora, de su mujer: “ven a conocer a mi nueva nieta, hoy mismo”.  Pospuse provisionalmente mi proyectado vuelo al más allá y, en la disyuntiva de ambos requerimientos, decidí, naturalmente, acudir a conocer a la nieta, no me apetecía mucho el reencuentro con Plácido: en parte, por rencor; pero, sobre todo, porque, en mi opinión, estaba ya más fuera del mundo que yo. 

Silvia, la mujer de Plácido, me acogió con amabilidad, nos encontrábamos solos después de casi cincuenta años, pues había tenido otras tres nietas sin haberme invitado a conocerlas. Tuvo a bien aclararme, en un tono confidencial que me sorprendió y me halagó, que la niña, Dulcinea, era realmente una nieta adoptiva procedente de una línea bastarda. Ni ella ni yo habíamos visto nunca un bebé tan hermoso, tan bien hecho como Dulcinea: estaba tan bien formada que parecía un milagro entre todos los bebés horribles y vociferantes que llenan el mundo. Su extremada belleza, sin embargo, no era óbice para que luciera un llamativo lunar violeta detrás de su oreja izquierda. No me dijo nada del padre, ni de la madre, no hacía falta. Fue ella la que sacó a colación el nombre de Natalia, de la que habló con un arrobamiento lúcido y sublime que me llegó a emocionar. Me despedí de ellas con pena,  sabiendo perfectamente el porqué de su inesperada llamada*** y el último servicio que el destino me estaba encomendando.  Aunque por esas fechas me encontraba siempre confuso y menoscabado de luces racionales, até cabos y lo comprendí todo. ¡Qué cretino había sido! ¡Que si  Plácido no pisaba suelo real, que si estaba más fuera del mundo que yo! ¡La historia de Bizancio en verso...! ¡La puta que me parió!

 

Toda mi consistencia ortográfica y afectiva se había derrumbado como un castillo de arena en la playa, no me había tocado ni el reintegro en la lotería del mundo. Pero este convencimiento, que unos días antes me hubiera llevado a una melancólica autocompasión, ahora me excitaba como sólo es capaz de hacerlo una injusticia grosera o un destino heroico. Silvia no me había encargado nada explícitamente, pero, al hablarme de Natalia, al nombrarla como la nombraba, había sabido imbuirme lúcidamente el convencimiento de que mi vida no tenía por qué ser del todo inútil.

 

Decidí aceptar la invitación (o la orden) de ir a Gijón. Plácido habrá podido ser muy inteligente, casi tanto como Silvia, pero seguro que ahora no tiene ni el más remoto presentimiento de la noche de amor que le espera conmigo. Seguro que querrá reanudar sus antiguas conversaciones íntimas, que me contará la propuesta de Natalia para utilizarlo como padre de alquiler para dos lesbianas, que querrá detallarme los meses  que esa gorda convivió con él en Gijón, su supuesto triunfo senil, su consciente autoengaño.

 

Pero tengo clara mi misión: no le voy a escuchar, le voy a proponer sólo cariño y sexo, me lo va a rechazar, como siempre, y le voy a matar, como es de justicia. Cuando un hombre sucumbe de ilusión y cuando ya sólo es un obstáculo para un final feliz, merece ser ejecutado.

 

Después emprenderé solo y en paz mi vuelo definitivo: a tomar por el culo la ortografía, Iván y los cuerpos de esplendor. Vivan las nuevas bodas. El mundo debe estar libre de gilipollas como Plácido y como yo. Y todo saldrá jurídicamente perfecto.

 

 

 

 

 

*Perdona, Silvia, pero tú misma se lo explicaste a Plácido.

 

**Natalia, no te tomes muy a mal, las cosas que digo de ti a partir de ahora. Te odié mucho porque me quitaste a Plácido. Cuando te mando esto, ya no importa nada el odio, pero lo mantengo, porque lo escrito escrito está.

 

***No es una acusación; yo no quiero decir que conscientemente me estabas mandando hacer lo que voy a hacer, que conste.

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