domingo, 3 de junio de 2012

Montegordo


Montegordo es la playa de Vila Real de Santo Antonio, el pueblo vecino de Ayamonte, de diseño perfectamente pombaliano, una especie de Baixa en plan modesto. Montegordo en abril es algo aburrido. Me imagino que en agosto dará más de sí, pero ahora apenas hay cuatro o cinco ejemplares  rubios y hermosos (sobre todo una)  alojados, no se sabe a cuento de qué, en uno de los hoteles casi vacíos del lugar. Si descontamos a los habitantes del espacio-tiempo a que me refiero, el resto son idosos, porque tienen mucha idade, jubilados que ocupan el hotel más tradicional y que pasean por las calles y por la playa como animales protegidos y bien cuidados de un zoo al aire libre. La sociedad – que incluye autoridades, empleados del sector turístico y un párroco- ha exhibido hasta ahora a estos especímenes con un no disimulado orgullo, como presumiendo, con aires de decir “qué bien tratamos a todos excepto a los drogadictos”. Pero esto ha cambiado radicalmente ahora: al abrirse  la veda del copago, ya  hay atisbos de que se empieza a incluir a tanto idoso en la mirada agresiva que se destina a los extranjeros pobres. Entre estos sujetos sometidos al vaivén de la crisis, y cuyo conjunto también es conocido como el desguace, estoy yo.
Montegordo, siguiendo con el tema, es muy diferente de nuestra amada patria en algunos detalles. Sí, porque cruzas el Guadiana y cambia la organización. Pero mucho, en concreto lo concerniente a las bombonas de butano, al adoquinado de las calles, a los contenedores de basura, al negocio de las playas, al papel de los perros en la sociedad, incluso al lenguaje, en fin, para qué seguir. En primer lugar parece mentira que, siendo una zona residencial llena de casitas con jardín, produzca tan exigua cantidad de vecinos con chándal y de perros vistosos. Sinceramente, perros esmerados sólo hay dos. Puede que no sea lógico, pero es así. En mi barrio de Madrid, con más o menos la misma densidad de gente, hay unos doscientos cincuenta cánidos de esos tan pulidos, y el ochenta por ciento deja sus ñórdigas en la calle.  Perros de asfalto sin amo hay en concreto tres, pero con matices: uno, el más grande, hace muchas fiestas a según quién pasa,  y salta para lamerle la boca a uno de ellos, lo que lleva a conjeturar que es cuidado a distancia por ciertos miembros del espacio-tiempo aunque no lo alojen en su domicilio. Éste es blanco. El segundo, pequeño y negro, tiene todas las trazas de encarnar un rol fijo, e incluso solemne, en la comunidad de vecinos como aullador rutinario: se pone en el centro de una calle peatonal y aúlla sin convicción y sin estridencias, sin levantar excesivamente la cabeza, indiferente a toda la caterva de pies que lo rodean, durante aproximadamente dos horas. El tercero tiene bocio. Se me olvidaba, hay otro perro, pero no es de asfalto: Iba yo caminando por las matas y rastrojos del campo y, como siempre, me entró el capricho (sí, porque no era necesidad perentoria) de orinar al aire libre. Cuando ya estaba todo dispuesto veo a un can macizo y policial a unos cincuenta metros. Sin guardar la compostura y con una ligereza impropia de mi edad le evité.
Otras diferencias esenciales afectan a los contenedores, mucho más especializados  que  en nuestra patria. Los de las zonas hoteleras, por ejemplo, son como setas hundidas en el adoquinado, gigantescas, circulares y excavadas en el suelo. Deben de ser sólo para enormes bolsas de basura. Y muchos amos de casa llorarán de emoción al saber esto: hay contenedores de color verde destinados al aceite usado ¿No es maravilloso? Que los amos de casa no tengan que reunir litros de aceite sucio para llevarlo a un punto limpio es emocionante
¿Y qué decir del adoquinado? Pues depende de cómo se mire, pues ya sabemos que todo es relativo. Por una parte, bien; por las partes propincuas a la playa los adoquines forman un piso estable, regular, homogéneo, y la ancianidad puede pisar sin peligro de quedarse peor de lo que está. Pero por el resto de las partes el suelo se ha adunado, quiero decir que, a semejanza de las dunas, se curva de maneras caprichosas, siguiendo la trayectoria de las raíces arbóreas, dejando adoquines sueltos por todas partes. La culpa de este desaguisado hay que achacarla a las medias tintas: o eres ecológico (y entonces no pones adoquines por todas partes intentando contener la expansión furiosa de las raíces) o no lo eres (y entonces destruyes los árboles antes de poner adoquines), pero la autoridad adoquinadora  es tibia y propicia a las medias tintas.
 La gente portuguesa es peculiar. Pasas el Guadiana, como ya he dicho,  y cambia la organización. Por ejemplo, suelen saber hablar español, cosa que a los españoles – que ni sabemos ni queremos decir bom dia- nos suele parecer absolutamente natural y lógico. Pero su lenguaje es distinto, incluso el de las crianzinhas y las gitanas que, sin embargo, visten igual que en España. Lo más llamativo de su organización lingüística es cómo llaman a sus peluqueros, nada menos que cabaleireiros. ¿Qué español con un mínimo de prurito lingüístico no se va corriendo a cortar el pelo al pisar suelo luso?
También están organizadas de otra manera las playas. En algunos  países se permite teóricamente una abusiva mezcolanza entre gente rica y pobre, en otras hay que pagar por entrar; en este país que piso lo que importa es la geometría: Como si hubiera venido el marqués de Pombal a organizarlo todo, la playa se haya dividida y distribuida en cuadrados exactos, no lo dibujo porque no me apetece, pero es un cuadrado concessionado a una empresa, otro a otra, un cuadrado libre, un cuadrado concessionado a una empresa, otro igual, uno libre…en fin, el que se quiera enterar que visite cualquier playa de por aquí. Los concesionarios de los diferentes cuadrados, en lugar de prohibir terminantemente fumar (que sería lo más fácil) o de poner grandes contenedores en la arena, adornan cada sombrilla de un artilugio de color rojo, como un vaso con agujeros, de manera tal que la ceniza cae a la arena y lo que se llama propiamente el pucho se queda en el vaso y se puede tirar luego  al contenedor. Si en España se pusieran dichos objetos en las puertas de las empresas, colegios o bares, o se obligase a los fumadores a poseer un vaso portugués, no estarían estos lugares apestados de puchos. No lo digo por dar ideas, ni mucho menos. Y no se crea que los cuadrados concessionados son fruto de puro enchufe o nepotismo burdo. La concesión lleva aneja otras responsabilidades además de la de colocar el vaso portugués, pues deben contratar el servicio de nadador salvador. A mí, la verdad, me gusta mucho esta denominación, me parece más expresiva que la de socorrista. Y sobre todo, más concreta y especializada, pues no nos lleva a un gilipollas de esos que hacen favores a todo el mundo, que socorren por socorrer, con paternalismo y ñoñez, sino a unos especialistas que salvan a uno que se ahoga, y eso es lo que la sociedad demanda, un especialista (y perdón si me estoy alterando) Y para eso, claro, tiene que nadar…

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